16.-Y abriendo nuestros ojos a la luz de Dios

16.-Y abriendo nuestros ojos a la luz de Dios, escuchemos atónitos  lo que cada día nos advierte  la voz divina que clama: “Si hoy  escucháis su voz, no endurezcáis vuestros corazones”. (9,10)

 

La luz de la fe nos hace salir de nuestro sueño. Cuando Jesús quiso salvar al mundo, lo iluminó con la antorcha de la fe, y esa divina luz disipó las tinieblas del paganismo. A la corrupción de costumbres, al paganismo, le sucedieron las virtudes, el amor a Cristo, la entrega incluso hasta la muerte. Para conseguir  la conversión del mundo hasta los últimos tiempos, nuestro Señor ha establecido el mismo medio: predicar las verdades de la fe, enseñar a todas las gentes.
Por eso cuando se quiere despertar a los pueblos adormecidos, se les predica las verdades de la fe. Cuando queremos reanimar el fervor de una comunidad, se dan ejercicios, o sea la luz de la fe con más abundancia. Notros mismos acudimos a la meditación diaria de las verdades de la fe para renovarnos todos los días. Y esto es lo que nos invita S. Benito a realizar si nos vemos comprendidos en algunos de los sueños antes indicados: de la culpa, de la  tibieza,  de aburrimiento.
Son tres las luces que nos iluminan en nuestro caminar. A semejanza de los animales, tenemos la luz de los sentidos, que enseña lo que hay de agradable o desagradable en las criaturas.
La luz de la inteligencia que muestra lo que es razonable o no lo es. Con  frecuencia nos puede engañar. Con esta luz se puede ser sabio, filósofo, pero también puede extraviarnos.
Por último  tenemos la luz de la fe, que se ha concedido gratuitamente a los hijos adoptivos, que nos lleva directamente a Dios. De algún modo nos hace semejantes a Dios. Nos  hacer ver las cosas, juzgarlas como Dios las ve y juzga.
Esta es la luz que   tenemos que seguir. Abriéndonos a esta luz, caminaremos con seguridad.
Termina este párrafo diciendo S. Benito que oigamos la palabra de Dios, que es viva y eficaz, más penetrante que espada de doble filo. Entra en el alma, la ilumina, la trasforma, la despoja, le da una fuerza sobrenatural. Pero es preciso que dejemos penetrar hasta el fondo del alma. Si no estamos atentos a ella, la semilla de la gracia no crecerá ni arraigará y si germina se marchitará pronto. ¿Por qué hay tan  almas que duermen? Porque no meditan las verdades de la fe. Con gran desolación está desolada la tierra, porque no hay quien recapacite de corazón, dice Jeremías, y Bienaventurado el varón que medita la ley del Señor.
Estos párrafos del prólogo nos estimulan a que estemos abiertos a la palabra del Señor, para que entre hasta lo más profundo del corazón. Es Dios quien nos habla.
Sus llamamientos son dulces, apremiantes, continuos, amorosos. Recordemos la parábola de los talentos. Estas llamadas, gracias de cada día, son dones recibidos de los que tenemos que dar cuenta.
Tenemos que velar, para no endurecer el corazón. Es un peligro real que nos amenaza. A tantas llamadas del Señor, no respondemos, nos acostumbraremos a ellas sin dar la respuesta debida. Aquel que se acostumbra a quedarse en la cama después de sonar la señal, termina  por no oír la campana. Así sucede en lo espiritual.
Jesús conocía bien el interior de los hombres, y cuando quiere buscar  unos prototipos de dureza de corazón, escoge a un sacadote y un levita. El contacto con lo divino o trasforma o endurece.
S. Benito, tomando palabras del salmo, invita al monje a no endurecer el corazón, pues si llega a endurecerse, hace falta un verdadero milagro de la gracia para lograr la conversión. Testimonio de esto nos da S. Bernardo cuando afirmaba que es más fácil convertir a un pecador, que sacar de la mediocridad a un monje.