30.-Fidelidad a la divina voluntas.

30.-Fidelidad a la divina voluntas.
 Por eso dice el Señor en su evangelio: Todo aquel  que escucha estas palabras mías y las pone por obra, se parece a un hombre sensato que edificó su casa sobre roca, cayo la lluvia vino la riada, soplaron los vientos y arremetieron contra  la casa, pero no se hundido porque estaba cimentada sobre la roca. (33-34)

Por todo lo que venimos comentando del prólogo durante este mes, según el  espíritu de S. Benito, el camino del monje consiste en obrar con perfecta justicia, o en otras palabras, responder a la llamada a la santidad que le hace el Señor. Por esto nos ha propuesto resistir a las tentaciones, orientar todas nuestras obras para gloria de Dios, apoyándonos solamente en su gracia.
Todo esto lo podemos resumir en un solo pensamiento: cumplir la voluntad de divina con toda generosidad. Jesús dice:”No todo el que dice Señor, Señor entrará en el reino de los cielos”, y añade: “el que cumpla mis palabras y las ponga en práctica, será  semejante al hombre sabio que edificó su casa  sobre roca”
Este es el verdadero cimiento de toda vida monástica. Su falta es la causa de tantas caídas  de algunos que parecían fieles seguidores de Cristo.
Amar las virtudes y odiar el pecado es virtud de todo principiante. Si no tiene esta base de su vida espiritual, edifican sobre arena.
  Son también virtudes propias de los monjes maduros, ya que todo progreso espiritual presupone una unión más íntima con la voluntad de Dios.
Es una disposición en fin, necesaria en los ancianos, con su unión total con la divina voluntad. Esto implica un total aborrecimiento del pecado.
El trabajo del monje es cimentar toda su vida en la voluntad de Dios  como piedra fundamental, uniendo su acción a la de Dios.  Tendrá que ejercitarse en la fe y en la caridad. La fe que busca  y estudia la voluntad de Dios  y la caridad que la abraza y la cumple.
Este es el trabajo primordial de nuestra vida monástica. Sin fe y amor no  una auténtica vida monástica. La vocación  será tanto más sólida y tanto progresaremos  cuanto más busque la fe la voluntad de Dios  y cuando la caridad la cumpla con más ardor. Por desgracia hay monjes que ni oyen ni ejecutan la voluntad de Dios. Falsos monjes. Otros no menos culpables, la oyen pero no la cumplen. Hay otros muchos que lo ejecutan a medias, por lo que su vida monástica es endeble.
Para levantar un edifico bien hecho y con solidez, hay que aspirar  a un solo fin y esforzarse en realizar, conocer, amar y cumplir la voluntad de Dios.
Asentada la vocación sobre la voluntad de Dios,  es inquebrantable. Resiste a las tempestades y a los torrentes desbordados. Es fuerte, porque condensa todas sus facultades  y energías  en su único objeto, y el lugar de dividir sus fuerzas, arrastrándose en mil pequeñeces inútiles, no mira más a la única obligación de su vida: conocer y cumplir amorosamente la voluntad de Dios.   
Las contrariedades de la vida común, los sufrimientos de una larga enfermedad,  las dificultades inherentes a los cargos, todas las borrascas que podamos imaginar, no podrán derribarla, puesto que todo lo ve venido de la mano de Dios. Pero sobre todo la gracia de Dios que siempre le acompaña, le hace invencible.