26.-Aquel que anda sin pecado y practica la justicia,

 

26.-Aquel que anda sin pecado y practica la justicia, el que habla con sinceridad  en su corazón y no engaña con su lengua, el que no hace  mal a su prójimo y no presta oídos a infamias contra sus semejantes (25-27)

San Benito toma las palabras del salmo 14 sin añadir comentario particular, para tratar de enseñar  las condiciones para entrar en el tabernáculo. No olvidemos que estar en el tabernáculo es un modo de expresar la intimidad con Dios o la  gracia de la contemplación.
En primer lugar enumera la pureza de conciencia como condición de ingreso en el tabernáculo. Todo pecado sea más o menos grave,  es un impedimento para el encuentro con Dios. “Aquel que anda sin pecado” dice con el salmista, pero no basta la limpieza, por eso añade ”y practica la justicia”
La pureza de conciencia ha de entenderse  en todos sus aspectos: pensamientos, palabras y en las obras. “habla con sinceridad y no engaña con su lengua, no hace mal a su prójimo”.
La pureza de conciencia consiste en conformarnos con la voluntad de Dios, regla suprema del bien. Tanto el seglar como el religioso, tienen que conformarse en todo con la voluntad divina y  las inspiraciones de su conciencia.
Justo por excelencia solo es Dios. Para las criaturas podemos tener una justicia relativa. Está en relación con las gracias recibidas. Los talentos de que habla el evangelio. A quien más se le ha dado, más se le exigirá.
El cristiano obra en verdad cuando conforma sus pensamientos, palabras y obras conforme a evangelio. El religioso  para obrar con verdad, ha de vivir ese mismo evangelio con los matices  o peculiaridades propias de su carisma.  Es lo que  solemos llamar deberes de estado. San Francisco de Sales, en la Vida Devota, especifica  como aquello que puede ser camino de santidad para un monje, por ejemplo, no lo será para un obispo.
Cada día recibimos numerosas gracias y el Señor las derrama sobre nosotros para que produzcan fruto, y nuestro fruto permanezca. No sea flor de un día, que el viento, o el sol, las dificultades  hacen desaparecer.
La senda de la santidad es infinita. Cuanto más avancemos, más percibiremos los defectos que enturbien el corazón. Como en una habitación que entra un rayo de sol, se ve flotar en el ambiente cantidad de polvo que antes no se veia, pero que estaba.
Hay que evitar estar pendientes de este progreso como contabilizándolo y midiéndolo.  Basta  permanecer fieles en el seguimiento de Jesús y tener la firme determinación de permanecer  en su seguimiento. Mientras mantengamos esta disposición, estaremos caminando en verdad, en santidad.