21.-Hermanos amadísimos

21.-Hermanos amadísimos, ¿puede haber algo más dulce para nosotros, que esta voz del Señor que nos invita? Mirad como el Señor en su bondad nos indica el camino de la vida. (19-20)

Estamos en el monasterio porque hemos oído  el llamamiento divino. Basados en los párrafos indicados, podemos considerar las notas que encierra la gracia que hemos recibido con la vocación,  y en general de todos los llamamientos de la gracia.
En primer lugar podemos  considerar que cuando  dice “en su bondad”,  es porque  las invitaciones de Dios son gratuitas, fruto de su bondad.
 Nadie puede alegar méritos para tener derecho a ser llamado.  S. Pablo fue llamado cuando precisamente perseguía a Cristo en sus fieles. Y en la parábola del banquete, los pobres, paralíticos, ciegos, cojos, todos son “impelidos” a entrar en el festín.  Y si tenemos el vestido nupcial, no nos priva de sus dulzuras.
Si viene la idea de que no merecemos los favores divinos, que no podemos aspirar a su intimidad, no dudemos de atribuir estos pensamientos al mal espíritu.  No se trata de merecimiento, sino de gracia.
Dios  es infinitamente bueno, quiere comunicarse a todos, su bondad no tienen límites. Somos nosotros con  nuestra falta de confianza los que podemos limitar sus gracias.
En segundo lugar, dice S. Benito que es una invitación dulce. ¿“Puede haber algo más dulce para nosotros que esta voz del Señor”? La suavidad, la paz, son notas que distinguen las inspiraciones de la gracia, de las que realiza el mal espíritu o la naturaleza, según las normas  de discernimiento de espíritu, de S. Ignacio.
A pesar de todas nuestras miserias, o mejor dicho, precisamente por ellas, es por lo que el  Señor nos invita a acudir a él diciendo:”Venid a mí todos los que estáis cargados y oprimidos, que yo os aliviaré”.
El mal espíritu y nuestro orgullo, nuestra autosuficiencia nos invitan al desaliento, al abatimiento, a la tristeza. Nos sugiere unos deseos de una perfección, para la que en este momento, no tenemos gracia.
Dios en cambio nos abre su corazón y nos descubre las dulzuras de la compunción, de la belleza y recompensa de la virtud. Nuestra naturaleza nos impulsa a ser turbulentos, inquietos, impacientes. Dios nos conduce de ordinario lentamente, a la paz, nos muestra un camino ciertamente largo y estrecho, pero  el camina delante y nos invita diciendo “Seguidme”.  Correr, pero en mi seguimiento, de nada os servirá caminar más aprisa que yo. Yo solo puedo dirigiros. Cuantas inspiraciones que creíamos eran de la gracia, eran fruto de nuestra  naturaleza impaciente. Dios habla suave y dulce, aún incluso cuando nos muestra la cruz.